Declaración Conjunta para la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado

23 September 2021

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Declaración del Grupo de Trabajo sobre Migración del Foro Internacional de Organizaciones de Inspiración Católica para la 107ª Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado

Como miembros del Grupo de Trabajo sobre Migración, convocado por el Foro Internacional de Organizaciones de Inspiración Católica, escribimos esta reflexión desde la experiencia directa en cumplir con el mandato basado en el Evangelio: “Manténgase el amor fraterno. No se olviden de practicar la hospitalidad, ya que, gracias a ella, algunos, sin saberlo, hospedaron a los ángeles.” (Carta a los Hebreos 13, 1-2).

Cada día, nuestras organizaciones tienen importantes encuentros personales con refugiados, migrantes, desplazados internos, y personas afectadas por la trata de personas y de otras formas de esclavitud moderna. Estos hermanos y hermanas están en el centro de nuestra atención y acompañamiento; de ellos aprendemos a tener esperanza, a abrir nuestros corazones y a amar como nos enseñó Jesús. Nos unimos a las iglesias locales y a otras comunidades religiosas para atender las necesidades humanas básicas de estas personas que se ven obligadas a huir de sus hogares y países, y les proporcionamos atención pastoral y sanitaria, protección y refugio, educación formal e informal, asistencia jurídica, formación en habilidades y capacitación para la vida y el trabajo y oportunidades de emprendimiento, a lo largo de todo sus viajes en las rutas migratorias, desde los países de origen, en los lugares de tránsito y hasta los puntos de llegada, en todas las partes del mundo.  Nos unimos a los migrantes y refugiados para exigir políticas de migración y asilo justas y equitativas, y promover el fortalecimiento de sus capacidades y su plena integración en un proceso de interacción entre las comunidades de acogida y las personas migrantes con el fin de construir juntos una sociedad inclusiva.

Por estas razones, acogemos con alegría la celebración de la 107ª Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, promovida por la Iglesia Católica. En esta ocasión, agradecemos al Santo Padre por su mensaje titulado “Hacia un nosotros cada vez más grande[1]” , a través del cual él llama tanto a los fieles católicos como a todos los hombres y mujeres “a caminar juntos hacia un “nosotros” cada vez más grande.. a recomponer la familia humana, para construir juntos nuestro futuro de justicia y de paz, asegurando que nadie quede excluido.”

En este tiempo nos enfrentamos a grandes desafíos, pues la crisis del COVID ha revelado y acentuado las profundas desigualdades estructurales en el mundo, agravando la situación de vulnerabilidad de las personas migrantes.  Muchas de ellas se ven privadas de la posibilidad de cruzar las fronteras y ya no pueden confiar en el mínimo de certezas sobre las que han construido su vida y su futuro.  Por ejemplo, a muchos migrantes que trabajan en el sector informal se les ha bloqueado el acceso a los tratamientos y a la vacunación que se garantiza a los ciudadanos; y los niños y adolescentes migrantes y refugiados no tienen acceso tanto al aprendizaje como a las comidas escolares, por lo que a menudo están expuestos a un mayor riesgo de explotación y abuso. Por eso compartimos la profunda preocupación del papa Francisco de que “Pasada la crisis sanitaria [del COVID-19], la peor reacción” sea “la de caer aún más en una fiebre consumista y en nuevas formas de auto preservación egoísta”, y rezamos con él para que “… al final ya no estén los otros, sino sólo un nosotros.”[2] Nuestros encuentros diarios con las personas migrantes confirman la constatación del Santo Padre de que el precio más elevado [“…de los nacionalismos cerrados y agresivos y del individualismo radical”, [3]  lo pagan quienes más fácilmente pueden convertirse en los otros: los extranjeros, los migrantes, los marginados, que habitan las periferias existenciales”.

Nos entristecen profundamente los muros erigidos a lo largo de las fronteras nacionales para rechazar a los migrantes y refugiados desesperados que buscan seguridad, protección y una oportunidad de recuperar la dignidad humana que Dios les ha dado. Un estudio reciente informa de la existencia de 63 muros y barreras físicas construidas en el mundo actual para proteger las fronteras o dentro de territorios ocupados[4]. Hay cientos más si tenemos en cuenta los numerosos países que han militarizado sus fronteras mediante el despliegue de tropas, barcos, aviones, drones y vigilancia digital. Los acuerdos regionales para externalizar la gestión del control de las fronteras han creado más barreras para impedir que los migrantes y los solicitantes de asilo lleguen a un lugar seguro. Por lo tanto, es crucial abogar por vías de migración seguras, ordenadas y regulares y por la plena conformidad de las leyes y políticas de los Estados con el principio de non-refoulement (no devolución). También nuestras propias acciones humanitarias, pastorales y de defensa de los derechos se ven a veces puestas en grave peligro por las políticas sancionadoras de los gobiernos nacionales y de las autoridades locales.

A nivel local, en algunas de nuestras comunidades de fe, las reacciones de miedo, discriminación y rechazo han privado a los inmigrantes y refugiados de experimentar el rostro materno de la Iglesia. Es necesaria una profunda conversión de los corazones y una cultura del encuentro para que las personas migrantes se sitúen en el centro de la vida comunitaria, y que se respeten y valoren su dignidad única, sus historias y sus dones culturales y espirituales. Rechazando los intentos de construir muros y barreras entre “nosotros y ellos”, el Santo Padre nos invita a todos a sentirnos miembros de la única Iglesia, residentes en la única casa, componentes de la única familia. En otras ocasiones nos ha exhortado de forma similar, haciéndonos conscientes de que “[…] no vivimos una época de cambio, sino en un cambio de época… Nuestro tiempo nos pide vivir los problemas como desafíos y no como obstáculos: El Señor está activo y obra en el mundo … Dónde sea que os encontréis, no construyáis nunca muros ni fronteras, sino plazas y hospitales de campaña”. [5]

Por lo tanto, en un momento tan crucial de pandemia y de planificación de la recuperación, nos comprometemos conjuntamente con nuestras respectivas organizaciones a solicitar a los gobiernos, a la comunidad internacional y al sector privado a que garanticen que las vacunas, así como los cuidados y recursos terapéuticos y de diagnóstico, se compartan equitativamente con todos, incluidas las poblaciones más pobres, y las personas más vulnerables, por ejemplo, los migrantes, los refugiados, los solicitantes de asilo y los desplazados internos. Garantizar que todos los migrantes, incluidos los irregulares o en tránsito, no se queden atrás en las campañas de vacunación contra la COVID-19 y tengan acceso a la asistencia sanitaria universal debería convertirse en una prioridad para nuestros responsables políticos y en una forma de hacer realidad el llamamiento del papa Francisco a un nosotros cada vez más grande.

Habiendo aprendido y recibido mucho más de lo que podemos dar a través de nuestros encuentros con los refugiados y los migrantes, comprendemos plenamente el sabio consejo del papa Francisco de que “las migraciones contemporáneas nos brindan la oportunidad de superar nuestros miedos para dejarnos enriquecer por la diversidad del don de cada uno. Entonces, si lo queremos, podemos transformar las fronteras en lugares privilegiados de encuentro, donde puede florecer el milagro de un nosotros cada vez más grande.”

Así, rezamos para que nuestros esfuerzos concretos y constantes “Hacia un ‘Nosotros’ cada vez más grande” ayuden a los gobiernos, a las organizaciones multilaterales, al sector privado, a las personas de fe y de buena voluntad, y a toda la familia humana, a construir un mundo que respete la dignidad y asegure el pleno disfrute de los derechos, la paz y la solidaridad, y el desarrollo humano integral, en el que los refugiados, los migrantes, y todas las personas que se encuentran en situación de exclusión, puedan ser participantes plenos y activos. Por eso, en esta 107ª Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, el Papa Francisco nos invita todos y todas a “… soñar juntos, sin miedo, como una sola familia humana, como compañeros de viaje, como hijos de la misma tierra que es nuestra casa común, hermanas y hermanos todos.”[6]

El Grupo de Trabajo sobre Migración del Foro Internacional de Organizaciones de Inspiración Católica


[1]https://www.vatican.va/content/francesco/es/messages/migration/documents/papa-francesco_20210503_world-migrants-day-2021.html. Salvo que se indique lo contrario, las citas de esta declaración proceden del documento citado.
[2] Papa Francisco, Carta Encíclica Fratelli tutti- Hermanos Todos (3 de octubre de 2020), nº 35.
[3] Idem, nº 11 y 105.
[4]  Informe nº 46 sobre “A Walled World Towards a Global Apartheid (Un mundo amurallado hacia un apartheid global)” del Centro Delàs d’Estudis por la Pau, Barcelona, noviembre de 2020.
[5]  Papa Francisco, Discurso a la Quinta Convención Nacional de la Iglesia en Italia, Florencia, 10.11.2015.
[6] Papa Francisco, Carta Enciclica Fratelli tutti, #8.