Sudáfrica: el impacto de los servicios de salud en los exiliados

13 enero 2020

Estelle, una solicitante de asilo de la RDC que vive en Johannesburgo, camina con la ayuda de la jefa de enfermeras, Marceline, y una voluntaria del JRS.

«Vamos contra el tiempo», murmura Floyd, chófer del Servicio Jesuita a Refugiados de Sudáfrica (JRS). Marceline, la enfermera jefe del programa de atención domiciliaria del equipo de salud del JRS, llama por teléfono desde el asiento trasero del automóvil y comprueba que Didi*, la primera paciente del día, está disponible. «¿Cuántos minutos crees que pasarás con esta mamá?», pregunta Floyd. “Solo diez minutos. Hoy no me quedaré mucho ya que ella solo quiere que vea a la niña porque el niño está en la escuela, y cierran hoy», responde Marceline, «Comenzamos con mamá Didi porque está en la carretera». Esta es una escena habitual durante las visitas domiciliarias del JRS destinadas a responder a las necesidades básicas de los solicitantes de asilo y refugiados que viven en Johannesburgo y Pretoria.

La documentación, las barreras idiomáticas, las tasas y la discriminación institucional a menudo dejan fuera de los equipamientos públicos de salud a solicitantes de asilo y refugiados. Muchos de los beneficiarios del JRS llevan esperando como solicitantes de asilo el estatuto de refugiado o la residencia en Sudáfrica más de una década. Al no estar plenamente reconocidos como ciudadanos, no son elegibles para ciertos tipos de medicamentos ni operaciones importantes dentro del sistema público. Los solicitantes de asilo y los refugiados también están sujetos a unos costes de salud más altos y no todos pueden pagarlos.

Ayudando a más de 1.000 refugiados con servicios de salud

«La democracia está en el departamento de salud», deja ir Marceline. Con ocho trabajadores y tres voluntarios, el JRS apoya a más de un millar de refugiados y solicitantes de asilo ofreciendo atención a domicilio, asesoramiento y apoyo económico. El equipo de salud del JRS realiza chequeos periódicos de salud y talleres en los alrededores de Johannesburgo. Marceline cuenta que incluso van a los barrios, llaman a las casas particulares y tiendas y piden a personas en la calle que les remitan a los solicitantes de asilo, refugiados o inmigrantes indocumentados que necesitan asistencia y asesoramiento al JRS.

El acompañamiento y la información son cruciales entre los solicitantes de asilo y las comunidades de refugiados. De hecho, entre los principales retos a los que se enfrenta el JRS están la superstición, la estigmatización y la falta de información sobre algunas enfermedades. «Ellos [los pacientes] no saben que se puede vivir con lo que llamamos una enfermedad crónica para siempre», afirma Marceline. «Una persona congoleña nunca aceptará tales enfermedades, seguirá fingiendo que está bien. No puedes negar estar enfermo. La enfermedad es parte de nuestra vida».

Una visita rápida a Didi en su modesto puesto en la carretera ayuda a Marceline a asegurarse de que tanto la mujer como su hijo menor están bien. Como madre sola procedente de la República Democrática del Congo, Didi trata de ganarse la vida vendiendo aguacates, dulces, maní y otros productos. Su hija abraza a Marceline apenas la enfermera ha salido del auto. Los tres miembros de la familia son seropositivos. Didi y su hija fueron víctimas de abusos sexuales en su país hace más de ocho años. Sola y perdida como extranjera en Sudáfrica, Didi no pudo tomar la píldora profiláctica para no infectar al hijo que estaba esperando en ese momento. Desde 2008, el JRS responde a sus necesidades y ayuda a los niños a conocer y comprender su enfermedad.

Con los refugiados en todas las etapas

De nuevo en el vehículo, Floyd y Marceline se dirigen a la casa de Ivette. No ha cambiado mucho para ella desde la visita del JRS la semana pasada. Ivette sigue luchando para conseguir un medicamento para su problema renal, la diabetes y la hipertensión. Los hospitales públicos no proporcionan ni la diálisis ni un trasplante. «Mamá, me estoy muriendo», le dice Ivette a Marceline.

Nosotros ahora somos como un miembro de la familia para estas personas enfermas.
Marceline, la enfermera jefe del JRS África del Sur

“El servicio de salud del JRS es importante porque la mayoría de las veces, cuando lo que tienes es crónico o tienes cualquier enfermedad, te sientes solo. Sin nadie a tu lado», afirma Marceline refiriéndose a casos como el de Ivette. «Nosotros [el JRS] ahora somos como un miembro de la familia para estas personas enfermas», y añade que «si estás en la última etapa de tu vida, estaremos a tu lado y el día que mueras identificaremos tu cuerpo y te daremos sepultura».

Para Marceline es crucial trabajar estrechamente con el paciente. “Cuando ellos [el personal de atención médica pública] niegan el tratamiento o la medicación a alguien porque está indocumentado, vamos allí y hablamos con el gerente del hospital para que le proporcione el fármaco. Como tienen que pagar más, no cuentan con lo necesario para responder a sus necesidades básicas, lo que significa que dejarán de tomar el medicamento». Aparentemente, el tiempo apremia a los refugiados y solicitantes de asilo en cuanto a la salud. Quizás porque que les atiendan lleva demasiado tiempo, si es que finalmente les atienden.

“La última vez, ¿cuántos pasos me diste? Cuatro. ¡Hoy me darás diez pasos, mami!” Así anima Marceline a una asustada Estelle. “Te ayudaré a caminar hacia adelante, pero el regreso lo harás sola”. Solicitante de asilo de la República Democrática del Congo, Estelle* llegó a la oficina de salud del JRS en busca de ayuda hace tres años. No puede caminar desde que su problema de hipertensión no atendida le provocó epilepsia y un derrame cerebral que le ha impedido caminar desde noviembre de 2018. «Un día, todo el JRS decidió visitarla, nos sorprendió que estuviera tan enferma», explica Marceline.

Estelle no puede evitar gritar mientras Marceline y el voluntario del JRS que hoy la ayuda masajean sus delgadas piernas. Es como si las terminaciones nerviosas de Estelle quemasen. Agotada tras la sesión, y con la ayuda de Marceline, sin embargo, es capaz de dar unos pequeños pasos por la habitación, en el espacio que queda entre la nevera, el televisor, la cama y la silla de ruedas.

Las visitas de hoy han terminado. Mañana Marceline volverá a abrir la puerta de la oficina del JRS donde llegarán otras personas para pedir asesoramiento o una ayuda económica, Floyd apresurará a todos a subir al coche y, con suerte, esta vez, el tiempo estará del lado de todos .

* Los nombres fueron cambiados para proteger la privacidad de los beneficiarios en cuestión. Puede leer la versión original de este artículo en este enlace.

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