Desde Roma hasta las fronteras del mundo: una misión al servicio de los refugiados

07 mayo 2026

Cecilia con las personas acompañadas por el JRS en Uganda (Servicio Jesuita a Refugiados)

Esta entrevista quiere poner de relieve, en el marco del proyecto ‘Discípulas invisibles’ del Secretariado para el Servicio de la Fe, el testimonio, a menudo desapercibido, de tantas mujeres que viven el Evangelio ofreciendo un servicio silencioso. En la conversación que sigue, Cecilia Bock, miembro del JRS, habla de su vocación y del compromiso que tiene de acompañar a refugiados y personas desplazadas por todo el mundo. Su experiencia nos da a conocer cómo la compasión, la escucha y la perseverancia pueden convertirse en manifestaciones concretas de una fe que se hace activa.

Cecilia en Adjumani, trabajando en un proyecto de apoyo a las personas refugiadas en Uganda (Servicio Jesuita a Refugiados)

¿Puede contarnos cómo surgió su vocación y cómo esta misión que desempeña refleja ese deseo de “servir en silencio” que pretende destacar el proyecto ‘Discípulas Invisibles’?

Imagine a una mujer vestida con sencillez de pie sobre tierra roja, azotada por ráfagas de viento y rodeada de una multitud de personas que caminan por la carretera –allí hay pocos coches– y a su alrededor hileras de enormes mangos cubiertos por el polvo de la estación seca. Es una de mis primeras visitas a Sudán del Sur para evaluar necesidades, y esa mujer le dice a una chica joven, que podía ser su hija, que no la olvide, que no los olvide, porque ha visto a muchos trabajadores humanitarios como yo, que van y vienen y luego no cumplen sus promesas.

Bueno, yo hice todo lo que pude, volví muchas veces. En aquella época, trabajaba con Cáritas España, que apoyaba escuelas, dispensarios médicos, cursos de formación y muchas cosas más en esa región de Sudán del Sur. Creo que fue durante esa conversación cuando nació mi deseo, no solo de cumplir mis promesas, sino de prestar un servicio concreto, con gestos sencillos, sin alardes: volver, escuchar, dar tu tiempo, incluso cuando nadie está mirando.

¿Cómo consigue vivir la dimensión de “contemplación en acción” –es decir, la unión entre oración y servicio concreto– en sus retos diarios?

De mi colega Tevfik Karatop, director de proyectos del JRS Canadá, he aprendido que la diferencia entre empatía y compasión es que la primera significa ponerse en el lugar de otra persona, mientras que, en la segunda, además de intentar comprender los sentimientos de los demás, te mueve el deseo de apoyarlos, de encontrar soluciones, de actuar en su nombre. Creo que esto es “contemplación en acción”, un tipo de compasión que nos conmueve y nos impulsa a actuar, a tomar partido. Creo también que la compasión crece en el silencio, en ese espacio interior donde nos detenemos a escuchar. Allí encuentra su sentido la acción, incluso antes de concretarse. No se trata tanto de una oración en sentido religioso, cuanto de una forma de volver sobre ti mismo, de respirar junto a los demás, de recordar por qué actuamos.

¿Qué dificultades y que momentos de mayor impacto ha vivido en su servicio, especialmente en el contexto del sufrimiento y de la pobreza?

Nunca sé cómo definir ni siquiera cómo distinguir los momentos más importantes de mi trabajo. En mi trabajo actual, mi oficina está en Roma, desde donde viajo a menudo a los países donde tenemos oficinas y donde atendemos a refugiados y desplazados forzosos desde África hasta América Latina y Asia.

Escuela en Adjumani, Uganda. En el país, el JRS ofrece clases de idiomas y otras iniciativas educativas y recreativas (Servicio Jesuita a Refugiados)

Cada viaje trae consigo encuentros que dejan en mí su huella imborrable: el sufrimiento de madres que ven cómo sus hijos pierden años de escolarización, la fragilidad mental de quienes lo han perdido todo, la falta de perspectivas, la indiferencia de comunidades incapaces de acogerlos. Son momentos difíciles que se quedan grabados.

Sin embargo, si tuviera que elegir hoy uno de los momentos “más impactante”, elegiría, entre muchos, un momento de renacimiento. Pienso en esas miradas de gran aguante, que sigue reconstruyendo escuelas y casas bombardeadas en Myanmar, donde el conflicto reanudado en 2021 ha dejado una población agotada pero no derrotada. En esas personas veo la fuerza para volver a empezar, la misma fuerza que me recuerda que, incluso en los lugares más heridos, algo siempre sigue moviéndose, sigue brotando.

El proyecto destaca la importancia del discernimiento y del “Magis” ignaciano. ¿Cómo le ayudan estos principios a orientar sus elecciones y a encontrar a Dios en todo?

Creo que mi formación se vio influida por el concepto de Magis, que no significa hacer o dar siempre “más” hasta el agotamiento. Magis es el valor de luchar por lo mejor, de luchar por la excelencia, y aplicarlo a vivir plenamente, en profundidad, sirviendo con desinterés.

Sin duda, entrar en relación con la Compañía de Jesús tuvo un impacto en mi vida, porque me di cuenta de la importancia que tenía vivir lo espiritual para abrirme a las necesidades de las personas a las que servimos. En el mundo humanitario, como en otros ámbitos, es claro que se necesitan muchas cualidades: competencia, preparación, experiencia, adaptabilidad, flexibilidad, inteligencia emocional. Dicho esto, creo que también es crucial tener un tipo de cualidad que yo definiría como “subyacente”, que te ayuda a ponerte en actitud de escucha profunda porque has desarrollado la capacidad de escucharte a ti misma y a los demás.

¿Qué le gustaría decir a otras mujeres –religiosas o laicas– que trabajan cada día, a menudo en la sombra, para difundir el Evangelio por medio del servicio y del amor?

A las mujeres que, con paciencia y dedicación, trabajan a menudo lejos de los focos, me gustaría decirles que no pierdan la fe en el valor de su trabajo. De hecho, son muchas las cosas esenciales que crecen en silencio: las relaciones, las esperanzas, los gestos que mantienen unidas a las comunidades.