Ayudar a las personas desplazadas es una forma de resistencia frente a la deshumanización
22 mayo 2026|Alejandra Castellanos, Directora del JRS Latinoamérica y Caribe
Este año, visité La Argelia, la Casa de Acogida del JRS Ecuador en lo alto de un barrio frío y envuelto en neblina en Quito, Ecuador. Allí, en un espacio que acoge entre nueve y diez familias a la vez, convergen desplazados internos ecuatorianos, familias venezolanas que han cruzado dos o tres países y personas colombianas que huyen del conflicto armado que no cesa.
La mayoría llega con una prioridad clara: Conseguir trabajo. Sin embargo, con el paso de los días descubren algo fundamental: Las emociones son parte del ciclo vital de integración, no un asunto secundario. El modelo terapéutico de La Argelia combina procesos individuales, sesiones grupales, acompañamiento comunitario y un plan de sostenibilidad a tres meses, que es lo que más valoran y lo que diferencia esta casa de otros espacios que habitaron en su ruta. Varias voces repetían que: “Aquí entendí que la terapia no es un lujo, es una necesidad para seguir viviendo.”

“En otros albergues nos decían: salgan a rebuscárselas. Aquí nos enseñan a entender lo que sentimos,” me dijo Camilo, un hombre indígena Mizak que huyó del Cauca afirmando que no supo qué significaba “ser migrante” hasta llegar a Ecuador. “Ese fue mi primer nombre.”
Nelson, afrocolombiano de Buenaventura, entre lágrimas contenidas, relató episodios de racismo en el transporte público: personas que no se sentaban a su lado, o que lo escupían. “Uno entiende que no es personal, que es estructural. Pero igual duele.” Aun así, reconoció que, el poder de hablarlo colectivamente deja de cargar esa violencia solo. Otra mujer llamada Natalia, que estuvo en la Casa, pero que vive ahora en el barrio, comenta que el proceso de integración es duro, pero da sus frutos: “Ahora en el barrio me dicen ‘veci’, y ya no hay tanta desconfianza,”.
Ingrid, venezolana originaria de Zulia, me contó cómo sus hijos nacieron a lo largo de su ruta migratoria en dos países distintos, Colombia y Perú, y cómo ahora se encuentra en Ecuador. “Mi primera meta era trabajar, pero aquí aprendí que, si no entiendo lo que siento, no puedo avanzar,” afirmó. Para muchas familias, la casa no es solo un albergue: Es el primer lugar donde pueden nombrar el miedo, la pérdida y también el deseo de seguir adelante. Varias me dijeron: “Aquí la psicología no es el fin, sino el medio para vivir mejor”.
Los desafíos que estas familias enfrentan están insertos en un contexto regional sin precedentes. En Colombia, el desplazamiento forzado aumentó 61% respecto a 2024 y más de 1,5 millones de personas fueron afectadas por violencia armada. Allí, el JRS prioriza protección, medios de vida, educación, servicios de atención psicosocial y reconciliación, especialmente en fronteras y territorios rurales.
En México, la militarización y los 1,2 millones de detenciones migratorias registradas en 2024 dieron cuenta de un país que dejó de ser solo tránsito para convertirse en destino forzado y espacio de espera prolongada. Según el monitoreo del JRS México se reconoce que el 73,6% de las personas se sienten inseguras, 60% síntomas de depresión o estrés tóxico, 34% reportan violencia de agentes del Estado, 16% secuestro o extorsión. Por eso, el JRS México mantiene su respuesta en protección, salud mental y acompañamiento legal, en un entorno donde más de 100 albergues han cerrado por falta de fondos.
En Ecuador, el incremento del desplazamiento interno aunada a su invisibilización y criminalización de los migrantes con políticas migratorias más duras, especialmente hacia los venezolanos, ha hecho que el trabajo del JRS Ecuador siga fortaleciéndose en las líneas de atención integral, género, y protección comunitaria bajo enfoques diferenciales.
En Venezuela, donde en 2025 los retornos (llamados gota a gota) superaron las salidas. Aquí, escuché una historia sobre Vanessa, una mujer de 28 años, que regresó al país tras años de xenofobia y agotamiento emocional en el exterior. Con el apoyo del JRS, fortaleció su emprendimiento de bisutería. “Es una manera bonita de decirte ‘estamos aquí contigo, tú sí puedes’”, me dijo. En un contexto de hiperinflación y servicios colapsados, ese acompañamiento se convierte en impulso vital. Este hace parte de los 65 emprendimientos que ha acompañado el equipo en 2025 y el presente año.

Estas voces iluminan por qué el JRS LAC continúa acompañando, aún en un entorno cada vez más restrictivo y con menos recursos. Porque cada ruta migratoria está hecha de decisiones dolorosas; porque la violencia, la pobreza, la discriminación y las fronteras cerradas atraviesan cuerpos concretos; y porque acompañar es también resistir a la deshumanización.
En todos estos países existe un hilo común: la dignidad se reconstruye en relación, en la escucha, en la presencia cotidiana. El JRS LAC acompaña porque las familias desplazadas tienen derecho a sanar, a trabajar, a aprender, a protegerse y a soñar un futuro posible.
*este artículo fue publicado originalmente por el Canadian Jesuits International